16 de diciembre de 2016

Síncope


Amanecía, y de pura inconsciencia las mañanas otorgaban a su estado de ánimo un lapso de sentido vital que trataba de contagiar y prolongar cuanto fuese capaz al resto de su jornada.

Era esa temprana posibilidad de un todo lo que posponía ese vértigo que más tarde paralizaba a sus acciones más mecánicas, mientras su mente discurría por derroteros nada halagüeños con respecto a la futura concatenación de sinsabores y pequeñas traiciones diarias a sus expectativas.

La conformidad como asilo en periodo de entreguerras. El conformismo como dulce ponzoña encubierta para facilitar la digestión de ese eufemismo conocido como madurez.

Y para cuando pretendía sentirse especial por desenmascarar los engranajes discursivos que transcurrían en su mente para moldear a conveniencia la realidad, le resultaba cada vez más tortuoso encontrar consuelo en la mera denuncia de esa falta de significado.
Su risotada se convertía en estrepitoso estertor.

Trataba por tanto de evadirse en adicciones y distracciones varias, conocidas como actividades de ocio, pues sólo los necios creen que los fármacos son la única forma de alterar artificialmente nuestros receptores del placer y separarnos así de nuestros abismos personales, acallados por un constante ruido de fondo.

Mientras, había llegado a asumir la pérdida como un todo, una superposición de circunstancias azarosas que desembocaban en la pérdida absoluta, definitoria de la no identidad, conocida como estado mortuorio.

Abrazar hasta llegado ese momento el hedonismo se convertía entonces en una obligación moral y no en una futilidad reprobable propia de irresponsables.
Relativizar la importancia de sus miserias y la manera de percibirlas como única forma de asegurar la perpetuación de su existencia.

Anochecía, y de pura consciencia necesitaba, para obviar estos pensamientos y así conciliar el sueño, ayuda externa en forma de conversaciones ajenas, musicalizadas e incrustadas en sus tímpanos.

Para tratar de cercenar la ingrata labor realizada por su subconsciente durante el resto de su otra jornada, aquella que transcurría en horizontal sobre un suave cúmulo de tejidos blandos, que aprisionaban su calor corporal en un pequeño segmento de espacio angosto, sólo podía abandonarse a su suerte.

Otros le decían que gritaba en sueños. Él se conformaba con no oírse.


No hay comentarios:

Publicar un comentario